lunes, 24 de septiembre de 2007

Concurso de Radios Comunitarias

La Asociación Mundial de Radios Comunitarias de América Latina y el Caribe (Amarc Alc) continua hasta el 28 de septiembre con la convocatoria para el concurso “producciones radiofónicas: 60 (sesenta)”, en motivo de festejar el aniversario de la primera trasmisión desde una radio comunitaria latinoamericana.
La actividad se convoca en torno al eje temático "Las radios comunitarias en América Latina y Caribe". Dentro de este eje, las producciones radiofónicas podrán resaltar proyectos relacionados con las radios comunitarias, su historia, desafíos, definiciones, biografías o manejar alguna problemática relacionado con el proyecto político comunicacional de las radios comunitarias, entre otros.
El eje temático elegido puede ser abordado en el formato que los realizadores lo deseen: entrevista, historia de vida, documental, reportaje, dramatizado, radio arte, o cualquier otro. Estas producciones deben tener una duración máxima de cinco minutos y deberán enviarse por vía electrónica o bien por correo postal.
Entre los premios que se entregarán un primer premio consistente en 1500 dólares y un segundo premio consistente en 500 dólares y resaltaran 28 menciones especiales por parte del jurado.
El jurado del concurso está integrado por productores, conductores y demás reconocidos en el área radiofónica de Latinoamérica.
En agosto de 1947, Radio Sutatenza en Colombia inició la historia de las radios comunitarias, populares, educativas, participativas, alternativas de América Latina. Algunos años después las radios creadas por los/as trabajadores/as de las minas en Bolivia echaron a andar otra vertiente fundacional de nuestro movimiento.
La Asociación Mundial de Radios Comunitarias de América Latina y el Caribe fue fundada en 1990. Cuenta con cerca de 400 asociadas, 18 Representaciones Nacionales que impulsan las actividades de la asociación en sus respectivos países, un Consejo Regional con representación de las Subregiones (Países Andinos, Centroamérica, Cono Sur, México, Brasil y Caribe).
La inscripción se encuentra abierta a todo público. Quienes deseen solicitar mayor información al respecto pueden comunicarse con los organizadores escribiendo a: amarc.alc@amarc.org

Un mundo insoportable

(por Nora Veiras) Lunes 19-mar-2007 Era domingo a la tarde. Espléndido. Sol, una temperatura agradable, nada de viento. Un escenario ideado para disfrutar. En un sendero rodeado de inmensos árboles, esos añosos, que llevan generaciones viendo pasar la vida de los otros, tres criaturas se inquietan al vernos entrar. Sí, entrar porque el sendero conducía a un viejo club de tiro abandonado. El más grande, flaquito como todos, con las costillas al descubierto, se acerca: –No se asusten –dice e invita a evaluarlos–. No tenemos nada, nos perdimos y no sabemos cómo salir. –No hacemos nada –aparece otra voz más infantil todavía–. Nos estamos drogando, tranquilos. El tercero llevaba la infaltable lata de pegamento con la bolsita para poder encerrarse a aspirar en ese otro mundo. Les indicamos el camino, buscaron a un cuarto que estaba más desorientado aún, y se fueron con rumbo desconocido. Nosotros seguimos camino. Ibamos a ver las cabras, las vacas, la quinta de lechugas, cebollas, tomates y la plantación de maíz. Todo orgánico, todo natural, nada de tóxicos. En eso había mutado el inmenso terreno donde en algún tiempo se reunían para aprender a disparar con precisión. Del otro lado del camino, “la comunidad” seguía desplegando actividades. Desde las seis de la mañana un grupo de sesenta personas de distintas partes del mundo se organizan para autoabastecerse y abastecer a sus “clientes”. Elaboran cerámicas, panes, budines, trabajan en jardinería, reparten leche de vaca y de cabra. “Vivimos como la primera comunidad que siguió al hijo de Dios”, explica uno de ellos ante la incredulidad de alguien que intenta entender, pero choca en cada pregunta con sus propios prejuicios. Son de distintas edades, culturas, clases, todos diferentes pero todos movidos –creo– por un mismo objetivo: hacerse otro mundo posible. Para entrar a la comunidad dejan “todo”. Ni discos, ni ropa, ni películas. “Acá no hay nada de uno, todo es para todos”, repite una de las chicas que hace cinco años dejó atrás su otra vida. “¿Qué dejé?” –se pregunta y se responde: “la independencia, la libertad, pero tenía eso y no era feliz. Acá estoy bien, no hay egoísmo o, por lo menos, el egoísmo no es lo que rige todo como allá”. “Allá” es ese mundo en el que uno vive, sobrevive, a tientas tratando de “protegerse” ¿De qué? De todo, de los precios, del vecino, de la pobreza, de la soledad, y ahora ¡hasta del granizo! Un mundo en el que prima una ilógica de exterminio que ni el más diabólico demiurgo hubiera imaginado. Un mundo en el que los intentos colectivos son tachados, todavía, de sospechosos. En esa espléndida tarde de domingo me encontré con dos formas de evadirse de una realidad insoportable. Unos y otros cayeron o eligieron el afuera. ¿Y el resto?